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Una historia para aprender

 
En una historia se pueden contemplar muchísimas enseñanzas que ayudan a madurar; nuestros abuelos  o familiares muy mayores tienen muchas para contarnos, para cada momento una muy interesante que nos entretiene y nos obliga a realizar algún tipo de reflexión, sin embargo, existen quienes no parecen extraer riquezas invaluables de situaciones apremiantes, rechazan el consejo de Dios, pierden la cordura y deambulan acumulando error tras error hasta formar una gigantesca montaña de fracasos.
 

En la historia del pueblo de Israel, al cual Dios escogió para glorificar su nombre, se exponen con gran detalle las proezas y maravillas que desató en medio de ellos cuando rindieron sus vidas ante su Majestad y ofrecieron alabanza a su Poder. Pero lamentablemente debemos recordar que también sufrieron grandes estragos por parte de sus enemigos cuando sus corazones fueron enaltecidos y se alejaron de su Benefactor. Aclaremos que Dios, el Todopoderoso, el Dios de la Biblia, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, prometió bendecir a una nación insignificante; y la fortaleció, siendo tan pocos, les fueron entregados tierras y reinos poderosos. Sólo les dijo que no  adoptaran las costumbres de aquellos que habitaban en esas nuevas posesiones, que no se mezclaran con ellos.

"Hicieron, pues, los hijos de Israel lo malo ante los ojos de Jehová, y olvidaron a Jehová su Dios, y sirvieron a los baales y a las imágenes de Asera." - Jueces 3:7 -
Este pueblo a quien Dios exaltó tanto le desobedeció, hicieron todo lo contrario a lo que el Señor les advirtió, se casaron con los cananeos,  heteos,  amorreos,  ferezeos,  heveos y jebuseos, gente perversa, idólatra, que practicaban toda clase de abominaciones delante de la Tierra. Los baales eran toda clase de estaturas con figuras de seres ante las cuales se arrodillaban y  ponían su confianza. Asera, una diosa del mundo pagano a la cual rendían culto y "veneración"; suficientes motivos para que Dios se enojara con aquellos pueblos y les entregara sus tierras a uno que si le reconocería como Único y Verdadero Señor, Israel. Pero que decepción, cayeron mucho más bajo, y se ensuciaron con el pecado del mundo y recibieron castigo por su maldad una y otra vez, y parecía un circulo vicioso, arrepintiéndose y confesando desobedecer a Dios,  pidiendo misericordia y paz, y volviendo a entregar sus corazones a la perversión y la oscuridad.

Esta historia, si usted así lo desea, puede compararla con su propia, cada uno sabe en cuánta medida nuestras vidas han sido como la de Israel, sin embargo, es preciso entender que la Palabra de Dios, no planea endulzarnos el paladar con falsas adulaciones, pretende que usted interiorice su contenido y le muestre cómo se encuentra delante de los ojos del Creador. Este pueblo contempló de cerca a un Dios vivo  y lo cambió por estatuas e imágenes muertas que no oyen ni responden, ni poder tienen para cambiar y restaurar al ser humano.

Si así lo prefieres, puedes entregarte a un Dios que se cansó de tratar de acercarse a un solo país que se olvidó de Él, y por  eso propuso salvar a toda la humanidad de su inmundicia y maldad. Dios siempre ha amado a su creación, aún a pesar de sus correcciones, y ha pretendido acercarse a todos nosotros y mostrarnos su inefable amor. Es por eso que envió a su Hijo Jesucristo, para poder restablecer su amistad con todo aquel que creyera en su nombre. Jesucristo fue enviado por su Padre, para prometernos una mejor y más preciosa vida, una vida en abundancia, de modo que todos podamos aprender que Dios nos ama y desea salvarnos de todo lo que nos hace daño, de todo lo que nos mancha, de todo lo que nos aleja de Él.

"Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo,  sino para que el mundo sea salvo por él." - Juan 3:17 -

De esta historia usted podría tomar decisiones más sabias y así obtener recompensas mejores, Israel, desobedeció y se olvidó su Único y Verdadero Dios, de su principal Benefactor, pero tu puedes hoy invitar a  su Hijo Jesucristo y aceptarlo en tu vida como tu redentor y recibir grandes bendiciones  de quien son todas las cosas.

Dios te bendiga.

Hno. Carlos Andrés Ruiz